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Desenredos

por Constanza Moreira

Publicado en el semanario Brecha el 13 de mayo de 2011

 

No fue sencilla la Mesa Política del Frente Amplio (fa) que tuvo lugar ayer jueves, tras conocerse la carta de Mujica, la nueva propuesta de derogación de la ley (la idea de hacer una nueva ley de derogación a la que se sumarían decretos del Poder Ejecutivo anulando sus decisiones anteriores en unos ochenta casos) y la incertidumbre acerca del proyecto interpretativo que se acordó sancionar definitivamente el día 19 en Diputados. Pero triunfó la cordura, el principio de unidad, y la vieja consigna de Seregni: “concertemos”.

Y es que cuando pareció sortearse el principal obstáculo (la obstinada resistencia de algunos senadores a votar la ley, lo cual sólo se consiguió modificándola), la aparición del presidente en la cámara de diputados manifestando sus reparos fue entendida por muchos como la última presión capaz de ser metabolizada por una fuerza política, que aún maltrecha, da signos de una vitalidad para muchos sorprendente.

De allí hasta acá, la llamada “solución Risso” (una nueva ley sumada a la intención del Poder Ejecutivo de hacer una serie de decretos) cobró alguna fuerza: hubo quienes dijeron que era una solución jurídicamente mejor. Pero a poco de levantar vuelo, esta propuesta sufrió la misma suerte que la anterior. Objeciones y más objeciones. Tenía el inconveniente, además, de que llevarla adelante suponía para el fa levantar aquel acuerdo que tan costosamente se había construido.

También la carta del presidente Mujica a Jorge Brovetto del día lunes, abrió matices. En ella el presidente afirmó que no manda “dar marcha atrás” en la decisión adoptada por el Plenario. De hecho, comienza señalando lo que piensa, y al subrayar esto señala la diferencia entre compartir una reflexión y afirmar una voluntad. No dice: voy a vetar. No dice: den marcha atrás. En síntesis, dice lo que piensa, no lo que mandata. Es más: dice que los dados están echados. Y pide que no se aumenten los costos de la decisión, que ya han sido cuantiosos (y lo seguirán siendo).

Para ello aconseja manejar las discrepancias sin dejar heridas irreparables. ¿Cómo se hace? Dando la lucha por lo que pensamos, y debatiendo una y otra y mil veces si fuera necesario. Pero si no hemos logrado convencer a los otros, si con nuestros argumentos quedamos en franca minoría entre los nuestros, entonces, debemos obedecer lo que las mayorías de nuestra fuerza política decidan. No va a ser gritando ni a golpes de puño con lo que logremos imponernos. Porque la política es el arte de convencer. Es lo que viene después de superada la violencia, la ley del garrote, el primado del que grite más fuerte. La política es el fin de la fuerza: cuando adviene la política, ya no podremos aplicar la fuerza para que nos obedezcan: debemos convencer. Y esta es la única libertad política que existe: no la de hacer lo que queramos, sino la de someternos voluntariamente a una regla que se aplica tanto a mí como a los otros, y bajo la cual todos somos iguales

Quienquiera que pretenda hacer primar su voluntad individual sobre los otros, sobre los cientos o miles que se expresan a través de la voluntad colectiva, estará cometiendo un abuso. Un acto de violencia (y esta es la razón básica por la que Mujica no quiere imponerle el veto presidencial a su propia bancada). ¿Qué clase de colectivo podría funcionar con las arbitrarias voluntades de aquellos que lo integran? Ninguno. Y es por ello que si alguien, interpretando la voluntad del presidente, quisiera desobedecer las decisiones soberanas de un plenario, de un congreso, de un partido, sólo habrá de traicionarlo. Nadie en su sano juicio podrá decir “que el presidente lo mandó”, porque si pone en riesgo la unidad del Frente sólo habrá trabajado en perjuicio del gobierno que dice defender. Mañana, el voto de otro podrá no estar, usando como pretexto el mismo argumento, y el gobierno se empantanará, inevitablemente. Este es el delicado equilibrio que el Frente Amplio no puede romper. Sobre esto, vaya si saben blancos y colorados, y especialmente los primeros, cuando tenían que construir costosas mayorías en el parlamento, que muchas veces duraban unos pocos meses, o se referían a un limitado número de asuntos. El fa tiene una mayoría propia: ajustada, pero mayoría. Hay que cuidarla.

Es cierto que sólo el gobierno del Frente Amplio ha avanzado en el tema de derechos humanos en el país. Y ello queda demostrado con el propio uso de la ley de caducidad en los últimos veinticinco años. Pero el fa puede o no puede hacerlo. Puede no avanzar en los temas difíciles y espinosos, y avanzar en cambio en otros, de trámite menos complicado o doloroso. Son elecciones. Y depende mucho de la movilización de las personas y de las organizaciones que empujan, presionan, cuestionan, protestan.

Hoy estamos en la “encrucijada de los derechos humanos”. Ni más ni menos. Es mucho lo que se ha hecho, y es un momento decisivo. Todas las señales están de nuestro lado; la Suprema Corte de Justicia declarando la inconstitucionalidad de la ley de caducidad, la Corte Interamericana de Derechos Humanos pidiendo que “recorramos la vía legislativa” para eliminar la ley, dos plenarios del fa, nuestro programa, una carta muy sentida que va sumando firmas de frenteamplistas pidiendo fin a la impunidad. Hay que saber leer las señales. No son unívocas, y ¡¿cómo podrían serlo?! Pero el reclamo por el fin de la ley de caducidad se va transformando en clamor. Llegó el momento de cambiar. Es un monstruo grande y pisa fuerte: no lo haremos sin costos.

Costos. ¿Cuántos asumimos? El Presidente cree que el Frente asume unos costos políticos muy importantes cuando pasa por encima de la “voluntad popular”. Yo creo que la “voluntad popular” no es lo que está en juego. Que no “le pasamos por arriba a dos plebiscitos”. Que el referéndum por el voto verde de 1989 fue un fracaso, pero sólo en parte. Y que hicimos lo correcto. Este referéndum fue el primero, y nos ayudó a entender (y a poner en práctica) ese mecanismo de la democracia directa. Sin el referéndum de 1989, ¿hubiéramos hecho el de 1992, cuando derogamos la ley que privatizaba las empresas públicas? Pero claro que veinte años después, decidimos que esa derogación, fracasada, podía volverse a revisar. ¡Y cómo no! Hoy el Estado tiene vigente y no caduca su facultad de investigar y castigar. Terminó la caducidad, de hecho. Hagamos que termine de derecho.

Todos asumimos responsabilidades por ello. Y por la suerte del Frente. Y por todas y cada una de las decisiones que tomemos. Y se comete una injusticia cuando se dice que no se han asumido responsabilidades por perder el plebiscito de 2009. ¡Vaya que se asumieron! Pero se corrió el riesgo. El riesgo de perder. Y de eso se trata: animarse. Correr riesgos. Hacer política en serio cuando se nos trata de convencer de que la única política posible es “administrar lo que está”.

Cuando elegimos a Mujica como candidato primero, y como presidente después, corrimos riesgos. Pero apostamos por Mujica, porque era él quien nos parecía nuestro mejor intérprete. ¡Y claro que fue un riesgo! Porque todos los que luchan, todos los que no se resignan a un orden de cosas que es bueno para algunos pero injusto para la mayoría, todos los que no se adaptan aceptan riesgos. Cambiar es aceptar un riesgo.

Cuando dimos la batalla por el voto rosado, asumimos ese riesgo. Y es porque se dio la batalla electoral por la anulación por lo que hoy estamos acá. Si no hubiéramos arriesgado en octubre, ahora no estaría una nación entera discutiendo los derechos humanos. Quizá sólo hubiéramos aplicado el artículo 4 y nada más. La gran discusión está instalada gracias al plebiscito: porque la consulta ciudadana ayudó a formar voluntades, a movilizar gente, a discutir entre miles lo que antes se negociaba entre unos pocos.

Perdimos entonces. Pero hoy volvemos por nuestros fueros. Como siempre lo hemos hecho. Contra las privatizaciones. Por el 4,5 por ciento para la educación. Por el voto en el exterior. Por la despenalización del aborto. Contra la ley de caducidad. No hay lucha que no triunfe sino después de mucha acumulación de fuerza. El plebiscito permitió acumular fuerzas. No estaríamos acá, si no fuera por la tozudez de los que empezaron a juntar firmas, contra viento y marea, hace ya mucho tiempo.

Los presidentes y los gobiernos deben gobernar; administrar el complejo aparato del Estado; dar seguridad, educación, salud y bienestar a sus ciudadanos. Pero la fuerza política necesita pensar, debatir, cuestionar el mundo en el que vivimos, ser la fuerza que piense el futuro, que sueñe, que proyecte. Cuando decimos y repetimos que la fuerza política no es la “correa de transmisión del gobierno” sino que está para pensar “más allá” del gobierno, debemos ser conscientes de que hoy, en esta encrucijada, es necesario ser coherentes con este principio. Y esto es lo que estamos haciendo: asumiendo el costo. Asumiendo el riesgo. Animándonos a hacer lo que nadie ha hecho hasta ahora. Acumulando un poco más en la línea que comenzó en 2005, con las primeras excavaciones. Es difícil. Pero, como decía el propio Mujica en 2004: “vos sabés que se puede”.